21 noviembre 2011

Una cadena de emociones

Alfredo Gómez Cerdá viajó a Medellín por primera vez en 2007 y volvió conmovido, zarandeado, sintiendo la ciudad en su corazón.

Esas emociones le inspiraron un libro: Barro de Medellín.

Ese libro ganó un premio, tuvo un reconocimiento, otro, varias traducciones y el premio gordo.

Esa repercusión hizo que el libro llegase a oídos, luego a manos, y luego al corazón de Xandra Uribe.

Esas emociones hicieron que Xandra sintiera la llamada de su ciudad natal y volviera a Medellín, después de una exitosa carrera en Estados Unidos, para crear un sueño.

El sueño, que sobrepasa los límites de lo literario, es Barro de Medellín, una Fundación creada por Xandra que, con la excusa de hacer un musical del libro, está ayudando artística y personalmente a un montón de niños y niñas.

Al proyecto, se están sumando importantes patrocinadores y parece que la rueda va a seguir girando.

De momento, me he enterado por el Falso Diario, los que arrancan la gira son los chicos y chicas. Estarán tan nerviosos como emocionados.



¿No es maravilloso? ¿No es muchísimo más de lo que cualquier escritor podría esperar de un libro suyo?

7 comentarios:

  1. ¡es maravilloso jorge, me alegro tanto....!

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  2. ¡Estais de enhorabuena! Estarás orgullosísimo... Felicitaciones para tu autor favorito ;-), y un fuerte abrazo para ti, S.

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  3. David Fernández Sifres22 noviembre, 2011 22:49

    Efectivamente, Jorge, es mucho más de lo que puede desear un escritor. Hace tiempo que sigo tu blog, pero no me había arrancado a escribir nunca. Esta noticia me ha emocionado y no he podido resistirme. Enhorabuena por la parte que te toca. También por el blog.

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  4. Gracias a todas y bienvenido, David. Son muchos los que me siguen pero no comentan (lo veo por las visitas). No pasa nada, yo hago lo mismo con muchos blogs. Lo importante es que sé que estáis ahí.

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  5. Es maravilloso, sí. Qué emocionante, qué bonito, qué... Oh. Estoy sin palabras. Pero me resistía a no poner estas no-palabras. Qué bonito...

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  6. Me encanta leer tus no-palabras, Begoña.

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