28 abril 2011

Ana María Matute en la entrega del Premio Cervantes

Extractos, relacionados más o menos con la infancia o que me han gustado especialmente, del discurso de Ana María Matute al recibir el Premio Cervantes, que puedes escuchar en RTVE, o leer en el Diario de Alcalá.
La imagen corresponde al cuento El duende y el niño, que Ana María escribió a los 5 años. Casi emociona el poder juntar en el mismo tema uno de sus primeros textos con uno de sus últimos.

... sueño que me acompaña desde la infancia. Desde aquel día en que oí por vez primera la mágica frase: “Érase una vez..." y conmovió toda mi pequeña vida.

“El que no inventa, no vive". Y llega a mi memoria algo que me contó hace años Isabel Blancafort, hija del compositor catalán Jordi Blancafort. Una de ellas, cuando eran niñas, le confesó a su hermanita: “La música de papá, no te la creas: se la inventa". Con alivio, he comprobado que toda la música del mundo, la audible y la interna –esa que llevamos dentro, como un secreto– nos la inventamos.

¿Y quién no ha convertido alguna vez a un Aldonzo o Aldonza de mucho cuidado en Dulcineo o Dulcinea...?

La osadía que impulsa a los adolescentes y a los ignorantes y a los fabricantes de inventos y de sueños ¿acaso no son, a veces, una misma cosa?

Sobre la famosa crueldad de los cuentos de hadas –que, por cierto, no fueron escritos para niños, sino que obedecen a una tradición oral, afortunadamente recogida por los hermanos Grimm, Perrault y Andersen, y en España, donde tanta falta hacía, por el gran Antonio Almodóvar, llamado “el tercer hermano Grimm"–, me estremece pensar y saber que se mutilan, bajo pretextos inanes de corrección política más o menos oportunos, y que unas manos depredadoras, imaginando tal vez que ser niño significa ser idiota, convierten verdaderas joyas literarias en relatos no sólo mortalmente aburridos, sino, además, necios. ¿Y aún nos preguntarnos por qué los niños leen poco? Yo recuerdo aquellos días en Sitges, hace años, cuando algunas tardes de otoño venía a mi casa un tropel de niños y, junto al fuego –como está mandado–, oían embelesados repetir por enésima vez las palabras mágicas: “Érase una vez...”

Cuando durante la noche, toda la casa dormida, acudía al cuarto de mis dos hermanos, José Antonio y José Luis, y, ayudada por una linternilla de pilas, se la leía, protestaban cuando yo decía “continuará". (Y eso quería decir hasta la noche siguiente.) Entonces parecía llenarse de magia la habitación a oscuras de los niños. Niños asombrados –como cuando, en cierta ocasión, vi surgir, al partir un terrón de azúcar en la oscuridad, una chispita azul–, algo que me reveló que yo sería escritora, o que ya lo era.

Y me permito hacerles un ruego: si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que trasmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado. Muchas gracias.